Like a friend

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Han pasado casi 6 años desde que una caja envuelta con papel estampado y un moño rojo me sorprendió. Lo habías puesto sobre mi escritorio y no sabía de qué se trataba. Imaginé muchas cosas, CDs, algún libro, perfumes, un par de zapatos tal vez. Por mi cabeza pasaron muchos objetos que me agradaban y me hubiera gustado obtener, pero no se trataba de ninguno de ellos. Teníamos casi cuatro meses de relación. Una relación muy extraña, apenas nos conocíamos cuando me robaste mi primer beso. No sabía qué era “hacer el amor” y fuiste el maestro más paciente. Tu miembro fue el primero en entrar por mis labios, el primero en penetrarme. Era una niña cuando me conociste, pero solo de apariencia, porque pronto te percataste de mis coqueteos, las caricias al ofrecerte alguna bebida, mi forma de portar el uniforme de preparatoria, mi manera de sentarme frente al monitor, realizar tareas, sonreír un poco, todo sin mirarte y cuando por fin giraba mi vista hacia a ti, te regalaba la más encantadora de las sonrisas, claro, eras el hijo de mi jefe.
No duré mucho en el trabajo, apenas nos vimos y una atracción muy fuerte surgió de nuestros cuerpos. Yo tenía una relación en el colegio, nada importante, llegué a decirte, pero tú vivías con tu novia. Nuestra diferencia de edad me perturbaba, no era algo como que podría ser tu hija, pero eran casi 12 años.
La primera vez que te vi quedé fascinada con el tono de tu voz, con tu postura al caminar, la forma de controlar a las personas de tu al rededor, incluso a mi. No eras mi jefe directo, ese cargo lo ejercía mi ahora ex suegrito, nunca me agradó el viejo.
Mandamos al carajo nuestras relaciones, o al menos eso me hiciste creer. Disfrutamos de un romance tan prohibido como delicioso. Cuando por fin estuve desnuda frente a ti, mis mejillas se ruborizaron, mis manos cubrían los pechos. Cada día pedía a la naturaleza que me aumentara por lo menos dos tallas de busto, pues sabía que a ti te gustaban tetonas. Tus labios me besaron, la lengua recorrió uno a uno cada centímetro de mis pechos, te encantaban, tu erección era evidente, tomaste mi mano y acaricié tu glande. Jadeaste cuando comencé a lamerte, la punta de mi lengua entre tus testículos provocó que te recostaras por completo en la cama. Durante nuestras primeras experiencias sexuales deseaba que tu mano no abarcara un pecho, que éste se desbordara y la piel restante fuera víctima de tus mordidas. Sabías que quería aumentar mi “pechonalidad”, como solías llamarla, pero me calmabas diciendo que no pasaría mucho tiempo para que mis nenas crecieran un poco más. A mis casi 16 años sería imposible que siguieran desarrollándose, pensé, gran sorpresa, sí pasó. Pasaron 4 meses de un sexo magnífico, al menos por ese tiempo, y llegaste con esa caja. Tenía una hermosa envoltura, mi cara se iluminó, no me dejaste abrirlo, así que esperé hasta estar en tu coche. No entré a clases, nos fuimos a tu departamento, corrí a la sala para abrir mi regalo como niña en fiesta de cumpleaños, y bueno, a los 15 años se sigue siendo casi una niña. Un hermoso corset se encontraba en el fondo, era negro con encajes, corte corazón al frente, pero no era de mi talla. Lo extendí al aire, pensé que era una broma pesada, presioné los ojos y me tomaste por la espalda. Pude sentir tu miembro firme, tus manos se deslizaron por debajo de mi falda escolar y al posicionarse en mis tetas me dijiste al oído; cuando puedas llenarlo, viviremos juntos. Me temblaron las piernas, no sabía que pensar, seguías acariciándome, mi humedad no se hizo esperar, mojabas tus dedos, los lamías. No sabía si eso era bueno, qué pasaría si no aumentaban o si yo no quería vivir contigo. No tomaste en cuenta mi opinión y cómo me molesté. Giré, tomé mis cosas, entre ellas el estúpido regalo y salí del departamento. No te vi por meses, el orgullo de ambos ganó por un largo tiempo. Tuve otros amoríos, me imagino que tú también. Cerró el local, tu padre me liquidó y no tuve más conexiones con tu familia. Después de unos años me topé con tu solicitud de amistad en Facebook y solo te acepté para enviarte una foto, en ella porto el corset que me regalaste, y de qué manera. La prenda moldea mi cuerpo, mi busto resalta, se ve delicioso, mis gestos de niña se han ido, al menos en su mayoría. Puedo apostar que te la jalaste cuando la viste, que te acordaste de nuestras aventuras. He usado tu regalito en ocasiones especiales, he superado aquella vez que moría de ganas de abofetearte, y cuando es día del maestro, suelo acordarme de nuestras lecciones en tu cama, sillón,cocina, baño, carro, escritorio, cines, parques, etc.

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