¿Bailamos?

¿Bailamos?

No era mi primera vez con una mujer, mis labios y lengua ya habían saboreado la humedad de una fémina.

Lo nuevo ahora, es que se trataba de mi juego, no el de alguien más, ahora era yo quien controlaría todo y no era que yo lo hubiese planeado, solo sucedió, como esos accidentes científicos que se convierten en asombrosos “inventos”.

Así fue, era un accidente, un exquisito accidente.

Me gustaba la idea de dormir con mis compañeras de escuela, ver películas sin sentido en la noche, comer palomitas, beber licor a escondidas, el tabaco ajeno, desvelarnos mientras platicábamos del colegio, chicos, chicas, maestros, familia, benditas pijamadas, cómo las extraño.

No éramos muy chicas, solo éramos dos jóvenes bajo el techo de unos padres estrictos. Pero esa vez no estaban, se ausentaron. Nos dejaron al cuidado de la señora Rosa, la vecina. La señora Rosa nos preparó la cena y al ver que nos disponíamos a dormir se fue a su casa. Nos quedamos solas, comenzamos a platicar, la película en la televisión no ejercía el menor interés en nosotras, no recuerdo siquiera el título de esta.

Lo que sí recuerdo, es una escena que llamó tanto mi atención que subí todo el volumen, Alejandra estaba en el baño, me gritaba algo, pero gracias a la música tan alta no la escuchaba, tal vez fue una de sus frases:

¿Ya vas a empezar, sin mi?
No me percaté de la presencia de Ale, ni cuánto tiempo llevaba mirándome. En la pantalla, unas chicas entraban a un antro, bailaban, sudaban, se tocaban. No recuerdo haber rentado una porno, era una de esas clásicas “teen”.

Mis caderas se contoneaban al ritmo de la estruendosa música, mis manos al aire, giraba mi cabeza y el cabello aleteaba. Me estorbaron los cojines y los pateé, me estorbaba el camisón y comencé a liberarme de él, portaba mis clásicos “boxers”, eran coquetos y hacían juego con mi sostén. Mi idea era vestirme con una camisa y quedarme en bóxer.

Al momento de girar para cambiarme, Ale estaba justo frente a mi. Tenía una mirada diferente, provocadora. ¿Qué hago?, mis piernas no temblaron como la primera vez, pero tampoco me sentía como una experta.
Vacilé entre risas, incliné mi cabeza y solté un sonrisita. Ale seguía inmóvil. Sus ojos recorrieron mi cuerpo, sus manos estaban detrás, reposando en sus muslos, su mirada regresó a mis ojos, no podía cerrar mi boca, no sabía en qué pensar. Hice lo mismo que ella y comencé a observar su cuerpo, estaba oculto sobre una pijama ñoña, casi tanto como la que estaba en el suelo y ocultaba el mío también.

Estampado por princesas, coloreado de un rosa tan infantil que me causa risa cuando lo recuerdo. La película seguía su curso, pero cambió de melodía, una de las actrices se fugó con el típico rebelde y se encontraban en una carretera, se besaban,las manos exploraban sus cuerpos.

Me toca a mi, dije en mi cabeza, seguí bailando, pero ahora más lento, acariciaba mi cabello, mordía mis labios, me daba vuelta, meneaba las nalgas, la punta de mis dedos hacían un recorrido tan lento, que comencé a humedecerme.
Cuando quedé frente a mi compañera, por segunda vez, me sorprendí. Ya no tenía su pijama, ya no la cubría la inocencia de las princesas con fondo rosa, en su piel habitaban lunares de todos tamaños, pequeñitos, medianos, grandes, juntos y apartados. Seguí contoneando las caderas, extendí mis brazos y mis manos la llamaron, si existe una interpretación para los gestos que estaban en mi rostro solo pudo ser una palabra o mejor dicho, una pregunta vuelta invitación: ¿Bailamos?

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