Tú mandas.

Tú mandas.

Cuando me habló de hacerlo realidad, me excité, pero me llené de dudas, acertijos sin resolver.
Si lo escribo, es fácil de imaginarlo, pero ¿cómo será ponerlo en acción?

-Este es un jueguito que me gusta mucho.
-A ver, dime.
-Me gusta tener el control, ¿te animas?
-Ok, tú mandas.
(y mordí mi labio inferior, era la señal de alguna lubricación entre mis piernas)
-Pero, ¿lo harás en vivo o solo vas a contar tu juego?
-Puede ser arriesgado.
-Un poco.

Temí, un escalofrío entró por la punta de mis dedos y se adentró a la columna vertebral, me erguí.
¿Cómo le decía que era solo un escrito?, un juego de intercambio textual para divertirnos entre tanta presión laboral. Me tocaba responder y sinceramente, no sabía qué hacer.
Sexo, eso era; cualquier respuesta tenía que inclinarse por un SÍ o No, con él ya no había marcha atrás.

Al cabo de dos horas, estaba sentada en el asiento de un chrysler como copiloto, él conducía.
Me sentí como náufrago que  justo cuando intentan rescatarlo; se vuelve, se esconde y deja pasar otros años sin que lo encuentren. Sabía a lo que me atenía, estaba arriesgando todo.
-¿Necesitas algo?
-nada, gracias.

El miedo que entraba por mis ojos, que cabalgaba por mi espalda y me arqueaba cuando llegaba a mis muslos, hacía que continuara con la escena. Qué charla tan más absurda, ambos estábamos ansiosos. Nuestras manos temblaban, sus parpadeos iban más rápido de lo normal, como si no pudiera controlarlo. La respiración debajo de su corbata era pronunciada y aunque yo hacía gala de mis movimientos más provocativos, quería gritar, no sabía si por miedo, por nervios o por emoción.
Era la primera vez que cruzaba la puerta de su casa, la primera vez que respiré dentro de su intimidad, la cual, esta vedada para todos mis compañeros… y  me sentí privilegiada.
Avancé con seguridad, di unos pasos frente a un sofá para un aproximado de tres personas.
No había mucha iluminación, encendí la lámpara más grande que decoraba una esquina, di la media vuelta y él seguía parado donde mismo, frente a la puerta; observando todo lo que hacía.
-¿Tomamos algo?, hay vino.
-Prefiero un  cigarrillo.

Él buscó un cenicero limpio, dos copas y una botella sin abrir.
Sirvió la misma cantidad para ambos, en un gesto cómico las golpeó y salpicó su rostro. Sonreímos como un par de adolescentes desmesurados.
No ingerí licor por el momento, no terminé el cigarrillo y como yo mandaba; lo tomé de la corbata.
Nos guié al sofá, bajé un poco la luminosidad de la lámpara y cubrí su boca con la correa improvisada.
Me moría de nervios.
La soberbia y egolatría caracterizaban a mi sumiso, en el ámbito profesional todos sabían de su capacidad intelectual; realmente era bueno y  también yo lo reconocía. Esos ojos penetrantes y aceitunados estaban bajo mi poder, solo yo mandaba en ese momento y él, él debía obedecer.
Mi rol como sumisa no había terminado aún, en realidad me encanta la obediencia, cuando mi pareja goza a través de mi cuerpo, de mis movimientos y secreciones, es un orgasmo continuo.

Pero invertí los papeles con él, que no tenía idea que también me dejo dominar.
-Haga lo que haga, no puedes tocar…o serás castigado.
Me incliné a la altura de su cara, tomé su cabeza con ambas manos y asentí con un movimiento de arriba hacia abajo diciendo:
-Sí, sí acepto.
Le sonreí y pude notar la satisfacción en su rostro.  Coloqué sus brazos a lo largo del sofá, separé sus piernas tocando las rodillas, aproveché el momento y acaricié un poco su entre pierna, viéndolo fijamente. Su erección era evidente, aun sin tocarla, su pantalón estaba a reventar.

-Ten paciencia, esto apenas comienza.

Perra coqueta, me repetía en la cabeza. Saqué mi celular del bolso, el silencio era óptimo para mi seguir con mis planes, a todo volumen empezó a escucharse “Heart shaped glasses”, y yo estaba decida a todo.
Con mi postura firme y de espaldas comenzó un vaivén de caderas, poco a poco me fui despojando de textiles;
blusa y falda quedaron fuera. Estaba haciendo un baile para él. Hice un movimiento con la cabeza, el cabello dio vueltas y descendí en círculos lentos, mis piernas se abrieron, gateé hasta llegar a sus piernas y sonreí de nuevo.
Mis nalgas ahora estaban sobre su pelvis, seguí bailando y comencé a guiar sus manos por mi abdomen, recargué mi cabeza sobre su hombro y emití mi primer jadeo. Al fin.
Impulsó su cuerpo hacia el mío, su erección sobaba mis muslos y no paré de moverme.
Me quité de inmediato, estaba que explotaba de placer. Le quité la corbata, pero solo para cambiarla de posición, cubrí sus ojos y liberé sus labios. Seguía controlando todo, ¡me fascinaba!

Lo bajé del sillón tomándolo de la cabeza, a gatas y sin visualizar mi cuerpo, me quité los encajes que aprisionaban mis deseos, mis labios palpitaban, estaba húmeda, quería su lengua dentro de mi…
Mis jadeos aumentaban, su lengua hacía toda clase de figuras dentro y fuera, exploraba con agilidad cada uno de los pliegues de mi flor, no podía ayudarse con sus manos, pero falta no le hacía.
Quería halagarlo, besarlo por primera vez. Ansiaba meterle la lengua de un tirón, jalar su cabello y sentirlo dentro, una y otra vez.

-¡Más rápido maldita sea!
Entre mis piernas había una imagen preciosa, él esforzándose por ir más rápido y yo controlando sus movimientos, rápido, lento.

-¡BASTA!, grité con euforia. Lo empujé del pecho con la punta del pie y cayó violentamente.
Subí sus brazos a la altura de su cabeza, no podía más, lo quería dentro.
Él cedió a mis movimientos. Yo abrí su pantalón.
Él estaba preparado. Yo quería cada vez más.
Él cerró los ojos. Yo lo monté sin avisar.
Él desahogó sus anhelos entre mis labios. Yo gané un premio, miraba mi trofeo desde abajo y gozaba al ver mis pechos erectos y jóvenes.

Todo había sido un juego. Antes de unir nuestros cuerpos y consumar el acto pasional, éramos tan solo dos conocidos.
Viéndonos pocos días a la semana. Deseándonos en secreto y presas de nuestros egos. El orgullo quedó atrás cuando el licor le dio la mano, y partieron hacia la nada, aguardaron en una esquina a que lo llamara de nuevo, eso por parte de él. Y el mío se fue de viaje al ver su primera sonrisa, dirigida hacia mi, orgulloso de mis logros.
Quizás habría disfrutado más si él hubiese guiado el acto. Me aprendería sus gustos, la forma de entrar y engullirme, pero al controlarlo y sentirme con tal poder, fue apetecible por cualquier ángulo.

Aun con  jadeos me recitó unas líneas que leyó a los quince años, por curiosidad,  y juró recitar cuando estuviera extasiado de felicidad. Pero lo callé con un beso cuando estaba por declamar la última línea.
Temo decir que me estoy enamorando.

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